domingo, 21 de febrero de 2010

Úsame, te lo suplico

,

Te imagino de rodillas cara a la pared, la espalda recta y la cabeza alta. Porque sabes que me gusta que estés así cuando voy a castigarte, pero esta vez no lo has hecho frente a la pared desnuda, sino frente al gran espejo que tu misma encargaste a unos cristaleros y que colocaron cubriendo completamente la pared del cuarto de castigos.

Querías verme mientras te azotaba, según me dijiste e insistías en ello. Pero sobre todo, querías ver mi polla dura, mientras lo hacía.
- Quiero verte la polla dura mientras me castigas, mientras azotas mi culo de perra. Me vuelve loca que te excites al castigarme, mi Amo. Me excita muchísimo que sientas placer al hacerlo.
- Y a mí me gusta que tengas ya el coño mojado, antes del castigo.
- Lo sé , mi Amo: estamos hechos el uno para el otro, o yo para ti, que es más preciso. Más cierto. He nacido para ser tu perra esclava, para tu uso.

Y acepté. Tú misma llamaste a los cristaleros, les explicaste como lo querías y te preocupaste de vigilar que quedara a tu gusto. Porque era para ti. Un capricho tuyo de los muchos que sueles tener. Porque además yo no pensaba castigarte. Estaba leyendo el periódico, mientras tú te sentabas junto a mis piernas y ponías la cabeza en mi regazo. Te gusta estar así. Pero de pronto te levantaste y te pusiste de rodillas, cara a la pared, con la espalda recta, la cabeza alta y los ojos fijos en mí a través del espejo.

Me mirabas con ojos de corderita degollada. Suplicantes. Mendigabas un poco de atención, un poco de cariño y el cariño que tú necesitas son mis azotes en tu culo de zorra, de perra salida, de perra en celo. Porque cuando me levanté y te toqué tu coño, estaba ya mojado. Todavía no te había castigado y ya rezumabas los jugos de tu excitación por los muslos. Eres multiorgásmica, muy puta y además fácil. Demasiado fácil. Te mojas con sólo imaginar el castigo.

Pero está vez no iba a hacer caso a tus caprichos y cogí el cepillo de pelo y te lo dejé junto a tus rodillas. Y tú me miraste a través del espejo y me volviste a suplicar que lo hiciera yo. Pero yo me senté, te miré y dije que no con la cabeza. Esta vez no te ibas a salir con la tuya.

Así que tú misma cogiste el cepillo de pelo y comenzaste a azotarte el culo, en las dos nalgas, mientras me decías que eras mi puta, mi zorra, mi perra salida que anhelaba el castigo, el sentirse usada.
- Úsame, te lo suplico.

Eso repetías una y otra vez, mientras yo te dejaba allí con el cepillo y bajaba a la cafetería a tomarme un café con tranquilidad. Sabía que cuando volviera estarías allí, con la misma actitud.

No hay comentarios: