martes, 18 de enero de 2011

Lola, el putón (II)

Me preparé entonces para catarte com sumisa, para conocerte, para ver tu nivel de sumisión y tu capacidad de entrega como perra, puta y zorra al servicio del placer de los demás. Ambos vivíamos en provincias distintas y por tanto el encuentro debería ser en un sitio común y discreto, porque tu fantasía era casi pública y había que llevar cuidado.

Busqué un lugar equidistante entre las dos ciudades y repasé en Internet las noticias de varias ciudades. En una de ellas se iba a celebrar un congreso de Medicina e iban a acudir muchos médicos de toda España, la mayoría casados, que luego se irían a sus respectivos lugares de origen. Era el sitio adecuado para plantear la escena.

Así que te dije la fecha y el hotel, que reservaras dos habitaciones en la misma planta en la que se iban a alojar los congresistas y que me esperaras el día indicado. Allí estuve y allí te encontré tal y como te había dicho cuando entré en tu habitación. De rodillas, vestida con unos zapatos stilettos de alto y fino tacón y un delantal de doncella francesa. Nada más. Tú, mi sumisa Lola, el putón, tienes un culo protuberante, una cintura estrecha y unas hermosas tetas talla 100. Tienes un cuerpazo de puta, de putón, para ser entregado, usado, manoseado y follado hasta el hartazgo.

Cuando entré te besé en los labios, te acaricié mejilla y te invité a que nos sentáramos en la cama, donde nos cogimos de la mano y hablamos. Sobre todo sobre si querías seguir con tu fantasía, si estabas preparada para ser mi perra, si tenías miedo o algún recelo. Y tú me dijiste que sí, que no tenías miedo, aunque sí algo de vergüenza.

- "Un poco", me contestaste, mientras te decía que me prepararas una copa del minibar y te pasearas por la habitación; que te agacharas para ofrecerme tu culo y los labios de tu coño que te aparecían entre ellos; que gatearas delante de mí como una perra en celo suplicando ser follada.
- Fóllame, mi Amo. Te lo suplico.
- Todavía no. Todavía no has hecho méritos de puta perra para ello.

Y te colocaste delante de mí, me ofreciste tu hermoso culo y comenzaste a moverlo en círculos como una perra en celo para suplicarme que te follara o te ponías delante de mí para cogerte las tetas con las manos y ofrecérmelas para que las chupara, mordisquera y lamiera. Tienes unos pezones grandes y rosados que me deleitaron. Pero tú seguías suplicando que te follara como la puta que eres y yo me hice de rogar.

- Fóllame, por favor, te lo suplico - me dijiste mientras movías tu culo de nuevo delante de mí como una perra salida, en celo, porque cuando me levante y acaricié tu coño, estaba mojado y la brillante humedad te caía por los muslos.

Así que para calmarte cogí la correa, te puse a cuatro patas y te pasee por la habitación. Había un gran espejo frente a la cama y me paré para mirarte. Para mirarnos. Yo ya estaba desnudo, con la polla dura y tú a cuatro patas mirándome con tus ojos ahítos de lujuría, de deseo, de ansia por ser humillada, tratada como una perra y emputecida como una zorra. Bajé la mano a tu coño y estaba mojado, muy mojado.
- Úsame, mi Amo -me suplicabas con unos mirada enternecedora.
- LO haré, cariño, pero antes hemos de saber qué quieres, qué deseas, qué necesitas.

Y entonces te levantaste, me invitaste a que me sentara en la cama, por favor, me cogiste los huevos con suavidad, los besaste y lamiste con delicadeza y comenzaste a chuparme la polla, a lamerme los huevos, a darme lametones y besos desenfrenados, mientras me suplicabas que te follara.

- Úsame, mi Amo. Sírvete de mí para tu exclusivo placer porque mi placer es ver que tú lo tienes, que se te pone dura al ver a tu puta, que te excitas al saber que soy tuya, tu puta, tu zorra, tu farmacia de guardia para ser follada cuando quieras, donde quieras, como quieras y con quien quieras. Úsame, por favor. Te lo suplico.



Y entonces te cogí en brazos, te eché sobre la cama y te follé con vehemencia porque la verdad es que me gustabas muchísimo, estabas muy buena y parecías tener madera de perra, de puta zorra. Y además, se notaba tu entrega sumisa, porque eras tú misma la que pedía que te follara, que te usara, que te montaras como una perra. Y eso hice. Te metí también la polla dura entre tus hermosas tetazas (talla 100) y te dije que las apretaras con las manos para aprisionar y apretar mi polla. Y así, en esta postura, me follé por primera vez tus tetas y me corrí sobre tu cara.

Esa noche te folle por delante y por detrás, como una perra a cuatro patas. Y finalmente te arrodillé junto a la cama, te cogí por el pelo, te metí la polla en la boca y me la follé con frenesí. Tú me habías confesado que jamás te habían follado la boca, ni habías tragado semen y quería ser el primero. Y eso hice. Me follé tu boca, mientras te mantenía la cabeza fija y yo me movía hacia adelante y hacía atrás para follármela mejor, hasta que corrí a borbotones en tu boca y te tragaste el semén por primera vez, mientras te relamías los labios.

Fue entonces cuando te besé con ternura, te cogí en brazos, te lleve a la cama, te quité los tacones y te abracé para pasar la noche abrazados, mientras te daba mimos y te decía que eras un cielo. El día siguiente sería duro para ti porque llegaban los congresistas.
(Continuará)

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