martes, 24 de julio de 2012

Beacul y la liturgia

Frente a mí se abre la puerta del apartamento. Aparece Gilbert vestido con un chaquetón acolchado. Me ofrezco a él con el abrigo abierto. Gilbert me sonríe, se acerca,toma mis labios. Con una mano mantiene levantado mi mentón; con la otra hace deslizar la piel, que cae a nuestros pies.

A una señal suya, recojo los zapatos y abrigo y se los entrego. Me quedo sola y desnuda, caliente en mi carne helada. Guilbert reaparece enseguida trayendo un látigo de nueve colas, con las pequeñas pues de acero.
Las correas silban, muerden las intersecciones de las nalgas con los mulos, duplicando las huellas anteriores.

- Cómo has mantenido viva mi presencia en estos quince días? -me pregunta.
- Comportándome, cuando tenía que someterme a las fantasías de Madame Augusta, como si fueran tuyas -respondo
- ¿Por amor al castigo?
- De ningún modo. Sería conducirme como una cría que disfruta quitándose las bragas y recibiendo azotes. Sin duda hay algo de eso, pero s sobre todo es el sentimiento de dedicarme a un culto, a una liturgia en la cual tú eres el Dios y el sacerdote.
- ¿Sin duda comprendes que no puede ser de otra manera?
- !Lo admito convencida!

Beacul- Colección "La sonrisa vertical" - Tusquets editores

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