lunes, 13 de mayo de 2013

"Me folla de todas las formas posibles, la boca, el coño, el culo, las tetas..."

Me dijiste que no podías salir conmigo, que estabas liada con otro chico en plan follamigos. Sólo sexo, me dijiste, pero no voy a dejarlo. No quiero dejarlo. Está buenísimo, me folla de maravilla y me hace gozar como nadie lo ha hecho ni lo hará jamás. Si quieres salir conmigo, ya sabes lo que hay. Tienes que aceptarlo.

Tú siempre serás el segundo. No supe que decirte. Estaba enamorado de ti desde hacía años, desde que salíamos juntos en la pandilla y tú le hacías caso a todos menos a mí. No es que yo fuera poco atractivo, todo lo contrario, sino que yo te prestaba mucha atención, te regalaba flores y bombones, te acompañaba siempre a casa y te solía decir que me gustabas mucho. Pero tú te encogías de hombros y me decías que yo era un buen amigo y que quien te gustaba de verdad era Luis, o Carlos, o Juan, que precisamente eran unos tíos cachas que no te solían hacer mucho caso. A ti te iban los tíos duros, no los sentimentales como yo que incluso te dejaban poesías por debajo de la puerta. Y no supe que decirte cuando me comentaste lo del follamigos con ese chico.

Hacía ya muchos años desde aquellos tiempos de la pandilla, pero yo no había dejado de quererte. Había rechazado salir con otras chicas (a las que les gustaba), porque tenía la esperanza de que algún día regresarías a mí. Y tras varios noviazgos que sé que tuviste, todos ellos fracasados, un día me atreví a confesarte mis sentimientos. Fue cuando me dijiste que ya sabías que yo estaba loco por ti desde el instituto, pero que estabas liada con un tío muy bueno que te follaba y te volvía loca en la cama.

- Sólo es follamigos, ya sabes, porque él no quiere compromisos. Pero yo no puedo dejar de buscarlo por los sitios a los que va o de esperar a que me llame, aunque no lo haga, Me tiene loca, hace conmigo lo que quiere y a veces está mucho tiempo sin llamarme y sé que va con otras. Pero cuando por fin me llama, cuando suena el teléfono e intuyo que es él, me mojo el coño sin haber siquiera hablado. Sólo con la posibilidad de escuchar su voz. Y entonces corro a su brazos, a su cama, para que me folle como una puta. Me vuelve loca. No lo puedo evitar. Sólo es follamigos y nunca llegará a nada serio, pero no puedo pasar sin que él me folle. Lo siento. Sólo verlo me moja el coño y hace conmigo lo que quiere. Me folla de todas las formas posibles, la boca, el coño, el culo, las tetas y no me folla las orejas porque no puede, pero yo lo animo a ello. Eso es lo que hay. Es mi macho, mi hombre; el dueño absoluto de mi coño. Cuando me llama acudo a él como una perra en celo sea la hora que sea y esté donde esté. Y en cuanto lo veo me bajo las bragas y me pongo a cuatro patas para ofrecerle mi coño y que me lo folle sin piedad. Se lo suplico. Así, a cuatro patas, le suplico que me folle el coño como una perra. Es lo que hay. Si aceptas ya sabes lo que te espera, me dijiste para dejármelo muy claro.

Yo también lo sentía, y mucho, porque me dolía tu sinceridad, tu franqueza, pero a la vez sentía una extraña sensación mezcla de dolor y de un perverso placer al sentirme excluido por ti, pero dominado y pese a todo admitido (con condiciones). Era una mezcla extraña de sensaciones: de dolor y de placer, de dolorosos celos y de un excitante y morboso placer. Te dije que lo pensaría. Pero no lo pensé mucho. Y te dije que sí.


Al día siguiente me llamaste y me invitaste a ir a tu casa. Y cuando entré te vi repantigada en el sofá, vestida con una lencería muy coqueta.
- Ya sabes qué hacer. Me lo dices en tu correo.

Y me acerqué, me arrodille, levanté tus zapatos de alto tacón y besé el suelo que pisabas. Y luego te levantaste, me pusiste una correa en el cuelo, dejaste unas bragas sobre el sofá y me diste un beso en las mejillas. Y te fuiste a tu cuarto y me indicaste qué tenía que hacer:
- En mi cama está mi amante, mi macho, mi hombre. Puedes irte o quedarte a mirar como follo con él y cómo me folla, tú decides. Eres libre.

Y me desnudé, me puse tus bragas y   fui a cuatro patas detrás de ti. Y una vez dentro de tu cuarto cerré la puerta.

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